De 'La Gastronomía de José Soler'.

 

 

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PRÓLOGO A LA FIGURA DE DON AGATÁNGELO SOLER LLORCA

DEL LIBRO

ALICANTE: HISTORIA DE UNA AMISTAD

entre

 

Don José Guardiola y Ortiz

 

y

 

Don Agatángelo Soler Llorca

 

 

Gastronomía Alicantina  

Conduchos de Navidad

Platos de Guerra:

Cuadernos Primero y Segundo

 

 

 

Autores:

 

José Ignacio Agatángelo Soler Díaz

Luis Javier Soler Díaz

Francisco Guardiola Navarro

José Luis Guardiola Navarro

Jorge Nadal Blasco

jUAN jOSÉ aMORES lIZA

aLFREDO cAMPELLO qUEREDA

 

 

 

EN LA CIUDAD DE ALICANTE Y SU PROVINCIA

año 2.012

 

 

PRÓLOGO A LA FIGURA DE DON AGATÁNGELO SOLER LLORCA

 

Don Juan José Amores Liza

Asesor de Cultura del Ayuntamiento de Alicante

 

 

 

I bisabuelo estaba en la farmacia atendiendo a la numerosa clientela al tiempo que alternaba con sus contertulios entre los que estaba, aquel día, un médico murciano. Llegado el momento de las despedidas, y en la misma puerta de la farmacia, estaban el médico y el farmacéutico dándose la mano cuando apareció un embozado. Era un hombre corpulento, tocado con un sombrero de anchas alas que le ensombrecía el rostro por completo. Abrió de repente su capa y asomó entre sus manos un trabuco de los cortos, apuntó cuidadosamente hacia la pareja y gritó: "¡Muerte al boticario!". Y, por error, dejó seco al médico (...) Su puntería fue lo suficientemente mala para fallar en su intención y permitir, por lo tanto, que yo pueda contar hoy esta historia sin cuyo imprevisto resultado mi bisabuelo hubiera sido el último Soler de mi genealogía". (Don Agatángelo Soler Llorca; extracto de “Cuando Fernando VII usaba paletó”, Capítulo I del libro «Historias de la Plaçeta de Sant Cristofol»).

 

Cuando cerramos los ojos e intentamos recordar la figura de don Agatángelo Soler, Alcalde de Alicante y farmacéutico, lo primero que nos viene a la memoria es un hombre bajito, con una eterna pajarita o, quizá, bata blanca, rodeado de análisis clínicos, cremas, ungüentos y medicamentos. No en vano, sus antepasados ejercieron dicha profesión desde 1836, momento en que don José Soler y González, su bisabuelo, abrió la rebotica en la (entonces) preciosa Plaçeta de Sant Cristofol, a la fin, la farmacia más famosa y entrañable de Alicante. Por allí también pasó su abuelo, don José Soler y Sánchez, su padre, don Agatángelo Soler y López, su hermano, don Xavier Soler Llorca, y sobre todo, un sinfín de personajes tan curiosos como variopintos, que iban desde amas de casa, estudiantes y prostitutas hasta “absolutistas, constitucionalistas, carlistas y cristianos, liberales, canónigos, masones, anarquistas, monárquicos, y republicanos”.

 

Sin embargo, durante ese ejercicio de evocación a don Agatángelo, nunca recalamos en su faceta  como escritor, a pesar de haberla realizado en prensa, publicaciones y libros, de una forma tan rigurosa como entretenida. Ahí tenemos su “Entierro a la Federica” (Alicante, 1975), en el que el autor repasaba todos los hábitos y rituales fúnebres que antaño rodeaban a los difuntos; o “Historias de la Plaçeta de Sant Cristofol” (Alicante, 1973), relatos verídicos ocurridos en la farmacia familiar contados con un halo de humor, ironía y surrealismo realmente increíble.

 

Y en ese afán por la narración, que él mismo explicaba en los términos “escribir sobre asuntos populares porque resulta fascinante buscar la gracia en lo sencillo de nuestras gentes”, un buen día de 1959 se acercó a las recetas más populares de la “terreta”, aquellas que llevaban a la práctica nuestras abuelas en arcaicas cocinas, de la mano de su amigo don José Guardiola y Ortiz, fallecido algunos años antes. De pronto, aquel alcalde falangista, “popular” en el sentido más fiel y humano de la palabra, unía su pluma a la del señor Guardiola, abogado y político republicano, para plasmar en papel los manjares y, cómo no, la forma de cocinarlos, que los alicantinos comíamos desde tiempos inmemorables. La obra se tituló “Gastronomía Alicantina. Conduchos de Navidad”, y fue un compendio culinario a base de “arròs abanda”, “arròs en costra”,  “all i oli”, “borreta de melva”, “caldero”, “capellanets”, “coca amb tonyina”, “faves”, “olleta al forn”, “pericana”…  En resumen, todos esos sabrosos platos que el propio señor Guardiola había recopilado por la provincia durante buena parte de su vida: pueblo a pueblo, valle a valle y casa a casa.

 

Como don Agatángelo explicó en su prólogo a la primera edición municipal del libro en 1959, “a nuestros perpetuos invitados y a quienes nos visitan extemporáneamente y vienen y van, tenemos el deber de enseñarles nuestras mejores cosas. Y esta vez queremos enseñarles –sin ofender a nadie- a comer. Pero a comer todo cuanto nuestros abuelos inventaron para su regocijo y el nuestro, o aprendieron de tartesios, fenicios, cartagineses, romanos, bárbaros o árabes, que algo bueno hubieron de dejar cada uno en los pucheros (…)”. 

 

Dicha edición tuvo que ser un gran éxito, pues en 1972, retirado ya de la política activa, hubo una segunda edición a petición de los descendientes del señor Guardiola, que sufragó el boticario de su propio bolsillo y que también se agotó rápidamente. La edición del Ayuntamiento, que iba prologada por mí, quedó también agotada. En la actualidad la familia de Don José me pide que gestione una nueva edición con algún organismo o editorial. Pero las gestiones siempre son difíciles, y a mi hace tiempo que no me gustan las dificultades que pueda encontrar y, al parecer, me encantan las que yo mismo me busco. Llegando a ésta conclusión, decidí editar yo mismo. Y con el beneplácito y autorización de la familia Guardiola, en su nombre y en la memoria de Don José, heme aquí convertido en editor”.

 

Y es que no tenemos la menor duda que don Agatángelo era un hombre amigable y, por encima de todo, muy especial. Tan especial que en pleno franquismo fue capaz de aunar su nombre y prestigio al de un político completamente alejado del régimen, en una unión insólita y aleccionadora en la historia de Alicante.

 

Nacido en el año 1918, su familia siempre tuvo un gran arraigo en nuestra ciudad. Su abuelo, el “Catedrático Soler”, fue como su nombre indica Catedrático de Física y Química en la Universidad Central de Madrid y uno de los “Diez Amigos” fundadores del Barrio de Benalúa; su padre, el boticario Soler, “Santo y Justo”  tal y como aún hoy lo recuerdan los vecinos más ancianos de Santa Cruz, por su parte, era farmacéutico en aquellos años de medicamentos en polvo, cocciones o infusiones con base herbolaria, en la que un error por su parte podía acabar con el paciente con un pie y medio en el cementerio. Y lo de “Santo y Justo” debía ser, sin duda alguna, por anécdotas tan humanas y conmovedoras como ésta, relatada por don Luis Soler Díaz, hijo de don Agatángelo: En aquellos años, la pobreza y la falta de alimentos llevaba a muchas mujeres a ejercer por la zona el oficio más viejo del mundo. No importaba el frío o el calor; allí estaban ellas, muchas enfermas, que morían en plena calle mientras se prostituían. Dentro del panteón de mi familia hay un osario. Mi abuelo, el boticario Soler,  alma caritativa, enterraba ahí a más de una prostituta y algún que otro mendigo. Al parecer, cuando alguna prostituta del Barrio moría, y su cuerpo en la tierra aún "no tenía donde  caerse muerto",  mi abuelo se apiadaba con el asunto y mandaba enterrarla en el panteón. Eso sí... a escondidas para que nadie se enterara”.

 

En ese ambiente creció don Agatángelo, en el seno de una familia conservadora, con profundas creencias religiosas. Vivían muy cerca de la Plaza de San Cristóbal, cuando Alicante seguía siendo casi un pequeño pueblo de provincia. Y, como tal, aún conservaba aquellos establecimientos tradicionales ya desaparecidos: la tahona, la platería, el ropavejero, las bodeguitas y, por descontado, la farmacia familiar. En aquel establecimiento se organizaban frecuentes tertulias, en las que participaban desde personajes cultos y de gran prestigio (el propio don José Guardiola y Ortiz, o el futuro Cronista de la Provincia, don Gonzalo Vidal Tur), hasta los hombres más curiosos o extravagantes, como “Titot”, el ayudante de su abuelo, que “tastaba”  con la lengua las muestras de orina para comprobar si tenían azúcar… y que nunca se equivocaba. Eso sí, se negaba a probar las orinas espumosas que tenían algún pelo “perque me dona asco”. O “El Abisinio”, aquel “virtuoso” del inglés que no dudaba en alardear del idioma a base de “verigüel”, “veri mach” o “englis espoqen”.

 

Ha sido un gran Alcalde, al que aprecié mucho y con el que me gustaba conversar sobre las cosas de Alicante”. (José Luis Lassaletta Cano. Alcalde socialista de Alicante. Diario Información de Alicante. 2-8-1995).

 

Tras una infancia muy cómoda y feliz, don Agatángelo estudió en los Hermanos Maristas primero, y Farmacia en Madrid después, perpetuando de esta manera una tradición familiar de varias generaciones.

 

Ideológicamente, ya con 15 años había militado en la Federación de Estudiantes Católicos, afiliándose más tarde a la Falange “cuando aún tenía pantalón corto”, convirtiéndose en uno de los primeros alicantinos en militar, en torno al año 1933, en una formación política que atrajo a jóvenes que “ni se sentían cómodos en la derecha tradicional... ni tenían cabida, salvo contadas excepciones, en la izquierda.

 

Sin embargo, el preludio y la posterior Guerra Civil marcó el resto de su vida y el destino de aquellos españoles de finales de los años 30. Apenas iniciadas las hostilidades, un Agatángelo de apenas 17 años de edad fue detenido: su nombre aparecía como uno de los colaboradores en la apertura de la sede que Falange Española tenía establecida en la alicantina calle Castaños. El 18 de julio, la gente como yo (…) que nos caía gordo todo, incluyendo al ejército, que teníamos un pensamiento revolucionario y que estábamos dispuestos a coger las armas... si en aquel momento alguien nos hubiera dicho, a unos y a otros, que íbamos a meternos en un fregado como en el que nos metimos para, al final, restaurar a los Borbones, seguro que nadie habría ido a la guerra (...). Luego habría una guerra con actos heroicos por las dos partes y actos deleznables también por ambas (...). Y, si no la iglesia, que nos metió en el fregado a todos...".

 

Apresado y con un Consejo de Guerra formulado contra él, fue condenado a muerte a pesar de defenderle el propio abogado y político republicano y escritor gastronómico don José Guardiola Ortiz, que lo representó en el juicio. Gracias a los muchos amigos del padre don Agatángelo, de diferentes creencias e ideologías, éste consiguió escapar de la cárcel, antes de poder ser fusilado. Pero, ahí comenzó, casi sin saberlo, un férreo lazo de amistad, entre don José y don Agatángelo, que duró eternamente y que aún hoy queremos dignificar con la reedición de este libro, por servir de ejemplo de cordialidad entre ideologías y credos políticamente diferentes. Curiosamente, terminada la guerra y con la represión política llevada a cabo posteriormente,  giraría completamente la situación y tendría que ser don Agatángelo quien avalara con su nombre a su anterior abogado, evitando de esta manera que acabara fusilado por las tropas nacionales.

 

Don José Guardiola escribió, casi en broma, "CONDUCHOS DE NAVIDAD", recopilando una serie de trabajos suyos publicados en un semanario dedicado a propagar "Le fogueres de Sant Joan”. En dichos escritos se habían dado a conocer una serie de recetas de guisos alicantinos, de sabrosa importancia, recogidos ya en el librito que, aparte de la exactitud de sus comprobadas recetas culinarias, constituye una muestra, increíble en un libro de cocina, de la maestría en el manejo del lenguaje y del buen humor de su autor. Aprovechando el pretexto de la llegada a Alicante de una embajada japonesa, en tiempos de Felipe II, y de los agasajos y homenajes que en nuestra ciudad recibieron tan exóticos visitantes, convierte en autor del libro al cocinero mayor de tan austero rey, llamado Francisco Martínez Montiño. Con tal argucia, Guardiola, en un castellano rancio e insuperable, compone la obra (…)”. (D. Agatángelo Soler Llorca. Prólogo a la Edición de 1972 de “Gastronomía Alicantina.  Conduchos de Navidad”).

 

El final de la contienda nos devolvió al Agatángelo farmacéutico, al boticario que tras regentar el negocio familiar en la plaza de San Cristóbal durante un tiempo, decidió abrir su propia farmacia en la calle Mayor de Alicante. Sin embargo, tal y como relatan sus descendientes, su semblante se volvió serio y retraído, “lamentándose de no haber podido salvar al profesor y diputado republicano don Eliseo Gómez Serrano, fusilado por los militares nacionales en el año 1939, a sus cincuenta años de edad. Todos aquellos acontecimientos dejarían en los ojos de mi padre una mirada de infinita tristeza que le acompañaría hasta el día de su muerte”.

 

Aquel falangista, que no había dudado ni un momento en alistarse a la División Azul para luchar en el frente ruso, había seguido siempre las recomendaciones paternas de “no hacer nunca daño a nadie y no dejarse vencer por el rencor”.

 

Y aunque la farmacia y la medicina fueron unas de sus grandes pasiones, don Agatángelo tenía otra que si no era más grande, al menos ocupaba también un gran espacio en su corazón: la política. Y esa labor, ejercida como Alcalde de nuestra ciudad desde octubre de 1954 hasta su dimisión en el año 1963 (por estar en desacuerdo con la Ley que recortaba la autonomía de los municipios), sigue siendo su faceta más recordada por los alicantinos, aunque no con pocos errores históricos.

 

Agatángelo me dijo un día: -Vicente, por fin he encontrado la solución para que Alonso pueda construir en Alicante; será un Edificio Singular, así no dirán que los de Valencia puedan construir más alto que los de Alicante-. Y así se hizo el «Gran Sol», que fue una de las cosas que peor hizo; pero también hizo muchas cosas buenas, como el pavimento tricolor de la Explanada de España, o el ascensor del castillo”.

 

Era un tipo muy abierto. Hasta que murió Franco, había que hacer lo mismo un año tras otro el 20 de Noviembre, con una ofrenda de flores (obligatoria, en la que pasaban lista) a José Antonio Primo de Rivera. Íbamos todos. Esos días hacíamos las entrevistas de siempre, en las que Agatángelo contaba quién era José Antonio (…). Era un hombre abierto que recibía a cualquiera, y no hablaba de identidades ideológicas. Se merece todo mi respeto.” (D. Vicente Hipólito, locutor y periodista. Entrevista a la «Asociación Cultural Alicante Vivo», en febrero de 2009).

 

Como Alcalde, aún hoy podemos ver algunas de sus decisiones menos acertadas para la ciudad, como el “Gran Sol”  (Edificio Alonso), una inmensa mole con dos grandes medianeras vistas, incrustada en el corazón de Alicante, o algunos de los edificios de “La Cantera”, junto a La Albufereta, hoy una zona terriblemente amurallada de hormigón. Aunque también es cierto, que hoy en día mucha gente, de clase media, puede vivir en esos edificios, muy cerquita de mar, no teniendo el dinero necesario para comprarse un chalet a la orilla del mar. Sin embargo,  a pesar de lo que algunos opinan, no fue el responsable de la construcción del Hotel Meliá, la mayor barbaridad especulativa de la época, a la que se negó rotundamente, y dio la espalda a una posible compra de la Playa de San Juan, que le ofrecieron con crédito incluido, al grito de: - No lo puedo hacer; yo soy el Alcalde”.

 

Y entre sus grandes proyectos para la ciudad, nunca tendremos que olvidar la Playa del Cocó que reivindicó para Alicante movilizando a sus habitantes, la traída de aguas del Taibilla, la construcción del ascensor y la rehabilitación del Castillo de Santa Bárbara, la creación del Barrio Virgen del Remedio, la Fuente de la Puerta de la Plaza del Mar, la creación de los premios literarios Arniches, Gabriel Miró (de novela) y Óscar Esplá (de música), su aval bancario personal a la ciudad para la compra de los terrenos del Aeropuerto de El Altet, la iluminación y pavimentación tricolor de la Explanada de España, cuya inspiración vino de la Plaza del Rossio de Lisboa, a la que don Agatángelo visitó en compañía de los arquitectos don Miguel López González y don Francisco Muñoz Llorens, siendo éste último su “amigo necesario para tal evento”; o la cesión de algunos terrenos de su abuelo en San Vicente para la construcción de la actual Universidad de Alicante.

 

1.- Plaza del Rossio en Lisboa. Portugal; 2.- Explanada de España en Alicante.

 

Pero como este libro pretender ser, a fin de cuentas, un compendio de curiosidades en ningún caso aburridas, no estaría mal cerrar la etapa de don Agatángelo como Alcalde con algunas de sus decisiones más originales, divertidas o polémicas; decisiones que forman parte ya de la Historia de nuestra ciudad y que nunca debemos olvidar por ser firmes, aleccionadoras o, simplemente, consecuentes con su ideología política: mandó detener a un grupo de militares españoles que decidieron acotar una zona de la playa de San Juan para su uso particular; declaró “non grata” a la flota americana del Mediterráneo por querer irrumpir su almirante en el Ayuntamiento vestido con uniforme oficial para pedir la liberación inmediata de varios soldados americanos borrachos que habían sido encerrados en los calabozos por causar destrozos en las cafeterías de la ciudad, y don Agatángelo no lo dejó salir del recinto portuario hasta que no se vistiera con chaqueta y corbata –de paisano-; consiguió que el gobierno español enviara barcos para traer a nuestras tierras a los “pieds noirs”, ciudadanos franceses de origen europeo o judío que residían en Argelia, en los tiempos de la revolución argelina allá por el año 1962; mantuvo sin dudar a don Francisco Figueras Pacheco como Cronista Oficial de Alicante, sin importarle la ideología de éste; y participó en la votación de la propuesta de Francisco Franco para que el Príncipe don Juan Carlos fuera el futuro Rey de España en aquella Ley de Sucesión, hoy en día plasmada en el “Capítulo V. Título II: De la Corona”, de la Constitución Española. Aquella votación la presidía el propio general Franco, siendo nominal y de “viva voz”. Don Agatángelo votó NO a la Monarquía, fiel a su idea de que “nadie es más que otro por el hecho de nacer, al menos en los derechos y deberes políticos”. Con ésta actitud se ganó la antipatía de los jerarcas del régimen franquista de aquellos tiempos, “los fantasmones encaramados en el poder”, como él los llamaba, en privado,  incluido al dictador.

 

Mucho se ha escrito (de Agatángelo), pero más se ha callado (…).  No fue tal cual, pese a sus ideas, sino que, por el contrario, eligió tales ideas por ser cual era: profundo, serio, directo y consecuente (…). Sus  luchas, contra gigantes, que no molinos, estuvieron presididas por una ética y honestidad que bien valdría el haber sido aireada para conocimiento público y ejemplo de clase política (…). La política la concibió como servicio, y el servicio no es compatible con el aprovechamiento personal, el despilfarro escandaloso, la mentira estudiada y la desvergüenza pavorosa. Por todo ello; por concebir la vida como entrega, por ser hombre que nos abrió los ojos a algunos, que ingenuamente creíamos en un futuro de justicia y pan para todos, centrado en el profundo respeto a la libertad del hombre; desde estas páginas deseo dar las gracias a D. Agatángelo Soler Llorca”. (D. Francisco-Luis Marí Pérez. Diario ABC).

               

Ya “jubilado” de su carrera política, fue elegido por sus compañeros de profesión “Presidente del Colegio de Farmacéuticos de la Provincia de Alicante”, siendo recordado por don Pedro Malo en el año 1996 como “un genio”, al tiempo que se sorprendía “que un hombre poco impresionante por su aspecto físico pudiese tener tan enorme influencia y peso específico en la Farmacia Española”. El propio don Pedro decía en la Revista de Farmacia número 8: Agatángelo poseía una pluma envidiable, diáfana y elegante, con un toque de humor en las más ácidas diatribas que hacía circular en sus escritos por las mesas ministeriales, regocijando al lector. Mucho más si la víctima de sus ironías era un rival (...). Si alguien me preguntara por las virtudes que más admiraba en Agatángelo, destacaría tres: la lealtad a la Patria, la Farmacia, y las personas; la firmeza en sus convicciones; la honradez en su proceder (…). Creo que la escuela de Agatángelo, mezcla de sus virtudes y capacidades, con sentido de la oportunidad, cordura y diplomacia, no sólo ha influido en la formación del equipo que le sustituyó en el Colegio, sino que ayudó a entender la profesión a muchos que no estaban en su órbita”.

 

En su farmacia de la calle Mayor, don Agatángelo desarrollaba todo tipo de ungüentos y cremas con fórmulas magistrales que los alicantinos usábamos antaño para curar esas pequeñas dolencias del día a día… y que de nuevo buscamos alivio en las fórmulas tradicionales por ser más útiles que los complejos fármacos “profesionales”.  También tenía un pequeño laboratorio con un avanzado microscopio de óptica alemana, por el que pasó la sangre y orina de gran parte de los alicantinos. En su botica se vendieron los primeros “Danone”, envasados aún en frascos de cristal, o aquel dentífrico líquido llamado “Cilidén” y cuyo eslogan de venta era: “Cilidén, una gota vale cien”, o la aspirina “Akra Leuka”, o el protector solar “Agasol”.  Don Agatángelo alternaba su trabajo en la farmacia con otros puestos similares, como el de analista clínico en el ambulatorio de la calle Gerona, trayecto que hacía a pie desde su farmacia y que en ocasiones podía durar más de una hora por la cantidad de gente que se paraba a hablar con él. Don Luís Javier Soler Díaz, uno de sus hijos, sonríe con complicidad cuando aún hoy camina por la calle Mayor y los ancianos le paran “para recordar a mi padre… Aunque hay gente que dice que le acaba de ver paseando”. Y es que ya sabemos cómo es el alicantino, tan nostálgico y cariñoso que incluso puede ver el espectro del boticario paseando por la mismísima Explanada que él remodeló con tanto acierto.

 

Columnista del Diario ABC y del periódico La Verdad de Murcia en Alicante, y gran amante del mar, sus últimos años los pasó en la tranquilidad del Mediterráneo, en aquellas sucesivas embarcaciones particulares todas ellas con un nombre en común: “Edna”, el de su esposa. Don Agatángelo Soler murió el 31 de julio de 1995, en su chalet de La Albufereta, después de una larga y penosa enfermedad que le había quitado la vida poco a poco y cuyo hijo, el médico don José Ignacio Soler Díaz, le había intentando “ocultar” en la medida humanamente posible.

 

Su funeral, oficiado por dos obispos y trece sacerdotes en la  Catedral de San Nicolás, fue una de las manifestaciones de duelo más grandes que ha vivido Alicante; a él asistieron, entre otros,  los ex Alcaldes socialistas don Ángel Luna y don José Luis Lassaletta, o el entonces Alcalde, don Luis Bernardo Díaz Alperi, sobrino suyo. La prensa de la ciudad recogió más de 100 artículos sobre su vida, un dato inusual que dice mucho de la importancia que tuvo para Alicante don Agatángelo.

 

Quiero agradecer a la familia de Don Agatángelo, en nombre de D. José Guardiola Ortiz, la ayuda que el boticario le presto después de la guerra, evitando que fuera fusilado por los franquistas por sus ideas políticas, además de publicarle su libro "Gastronomía Alicantina. Conduchos de Navidad" en dos ocasiones. La amistad por encima de las ideologías es difícil, pero no imposible. Seguramente, estén donde estén, brindarán juntos con una copita de Fondillón”. (Don Edmundo Ramos, bisnieto de don José Guardiola y Ortiz. Comentario publicado en la «Web de Alicante Vivo»).

 

"Aquí arriba estamos muy bien. Me he encontrado felizmente con mi padre Agatángelo y mi madre, con mi abuelo y abuela, con mi bisabuelo. Con mis hermanos Pepe, Matilde, Trinita y Xavier, y con mi hijo Javier. Con muchos y tantos amigos... de derechas y de izquierdas como lo son don José Guardiola y Ortiz, don Antonio Rico Cabot, don Gastón Castelló Bravo y don Lorenzo Carbonell Santacruz, y nos lo pasamos muy bien. También hay, por aquí, monjas y frailes, pero no veo a algunos curas que conocí en la Tierra, excepto a mi hermano Pepe, por más que miro, y me temo lo peor ya que sospecho a qué es debido”. (Don José Ignacio Agatángelo Soler Díaz, hijo de don Agatángelo Soler Llorca, para el prólogo a la Campaña “Ser alicantino duele… ¡¡en el más allá!!”, iniciada por la «Asociación Cultural Alicante Vivo» en agosto de 2009).

 

Por suerte, don Agatángelo Soler y don José Guardiola nos dejaron un legado único y maravilloso; un libro bajo el nombre de “Alicante: Historia de una amistad”, para regocijo de todos aquellos amantes de nuestro pasado, cultura y gastronomía.

 

En las páginas siguientes, ustedes van a ser testigos de todas y cada una de las recetas típicas de nuestra tierra, aquellas que elaboraron con mimo y amor nuestras madres y abuelas durante décadas, aderezadas todas ellas con anécdotas divertidas y aleccionadoras. Porque… ¿quién recuerda que en el año 1857 se publicó ya un libro en el que se hablaba de “el arroz con pescado a la Alicantina”?; ¿o que el “arroz abanda” recibe su nombre porque se cocina  y se sirve “aparte” (“abanda”, en valenciano) del pescado?; ¿o que durante la visita de Alfonso XIII a Alicante se sirvió un menú a base de “aceitunas de Onil”, “bacalao a la alicantina”, “sobreasada de Tárbena”, “perdiz en cazuela a la Albufereta”, “espárragos de Busot”, “manzanas de Alcolecha”, “turrones y uvas de Jijona”, y otros suculentos platos de la “terreta”?

 

Ellos lo recordaron hace más de 80 años… y, ahora ustedes tienen la posibilidad de seguir haciéndolo eternamente.

 

¡Feliz yantar y buen provecho!

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Fin

 

Continúa en:

 

Prólogo a la figura de don José Guardiola y Ortiz

 

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